Slow food aterriza en Galicia

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“Le hemos robado el alma a la comida”. Esto es lo que denuncia el movimiento slow food que reivindica la cocina tradicional, la recuperación de alimentos naturales y la lucha contra los transgénicos utilizados en algunos comestibles.

La corriente nació en 1989, de la mano de Carlo Petrini, periodista italiano y amante de la gastronomía, que preocupado por la pérdida de calidad de los productos, que se habían vuelto “preciosos por fuera e insípidos por dentro”, y por la invasión en las ciudades de los restaurantes de comida rápida, decidió rebelarse. Lo hizo creando Slow Food, una asociación internacional en defensa de los alimentos buenos, limpios y justos. Desde su fundación hasta la actualidad, el movimiento slow ha ido progresando y le ha dado la vuelta al mundo, estableciéndose en 150 países.

Para que un producto sea reconocido por la asociación Slow Food, deber cumplir una serie de requisitos como respetar el medio ambiente, ser elaborado de forma tradicional y ser de alta calidad.

Cuando surgió esta corriente, nadie podía imaginar que la alimentación lenta llegaría a lugares como Estados Unidos, donde sus habitantes son conocidos por su afición a las hamburguesas, a los perritos calientes o a cualquier otro derivado de la comida rápida. Pero lo hizo. Y desde hace unos meses ahora en Galicia también existe una delegación de Slow Food denominada Convivium. Su creación ha sido obra de algunos sibaritas del gusto, como el antropólogo y profesor universitario, García Allut, el agricultor de ecología de Balaguer, Josep Pamíes y el secretario de Cofradía de Lira, Emilio Louro. Todos trabajan desde 2008 para concienciar a los gallegos de la importancia de conservar la gastronomía y las buenas costumbres. Aunque según sus fundadores, el Convivium Galicia acaba de nacer y “todavía está en ebullición”, puntualiza Jesús Trillo, presidente de la organización, al que desde que le propusieron el cargo, ha puesto todo de su parte para que no se pierdan los sabores y
alimentos característicos de Galicia.

Y es que existen varios motivos por los que están desapareciendo algunos productos artesanales. Entre ellos, la escasa rentabilidad que supone su producción, el poder de las grandes industrias y el cambio de hábitos que está sufriendo la población, que prefiere la comida basura a optar por una alimentación sana y elaborada.

Por eso los partidarios de slow food saben que cambiar la mentalidad de los consumidores no es fácil, sin embargo no se rinden. Prueba de ello está la labor realizada por José Luis Antelo, ganadero y presidente de la Asociación Porco Celta de Corcubión, una de las agrupaciones más interesadas en formar parte del Convivum Galicia, pues comparten su filosofía, y de su catálogo internacional de productos de excelencia gastronómica, el Arca del Gusto. Antelo asegura que un producto tan selecto “suele ser más caro” y por lo tanto su venta es “más complicada”. Sin embargo, “mucha gente sabe apreciar el valor de lo exquisito y por eso “merece la pena tanto esfuerzo”, asegura. Es el propietario de una explotación ganadera de Corcubión, que de cobijo a 250 animales, entre los que hay 20 madres de cerdo celta. Esta raza es similar al cerdo popular, sin embargo, es más jugoso y tiene menos carne, por lo que a muchos ganaderos no les compensa económicamente su manutención. “Este producto es
más caro que el convencional”, afirma el ganadero.

Hace veinte años esta raza estaba en peligro de extinción y la Asociación Porco Celta decidió luchar para conservarla. Por este motivo el porco celta encaja en el movimiento slow, por su recuperación de la especie y además por su mantenimiento del medio ambiente.

Si todo marcha bien, el Porco Celta será nombrado Baluarte del Arca del Gusto y ya serán tres los productos gallegos que formen parte del catálogo internacional de productos de excelencia.

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